Érase un sueño, un largo sueño. A veces sueño, otras,
pesadilla. Otro mundo, otra persona. Mi zona de confort y yo. Siempre sucedían
cosas, que pasaban como diapositivas frente a mi y no sentía nada. No sentía
nada, me daba igual. A veces lloraba sin motivo, sin entender por qué lo hacía.
Estaba rodeada, hablaba y nadie se percataba. Gritaba y nadie se giraba. En ese
sueño no estaba bien, sabía que no funcionaba bien. Que algo estaba roto en mí,
que estaba cara a cara con un obstáculo que no podía ver. En ese sueño me
sentía atada, asfixiada. Perdí el interés por seguir luchando y normalicé cada desinterés.
Me arrinconé, y dejé pasar el tiempo. Recordaba otra vida, en la que vivía. En
la que no había dolor, o no tanto. Nada cambiaba, cada día era una copia
del anterior y mi hálito de vida estaba empezando a demacrarse.
Pasaron días, meses. Todo permanecía igual. Un sueño abstracto
de lo conceptual.
Entonces tuve una epifanía, tú. Y esa serendipia hizo
estallar mi pesadilla.