Todo como música. Amor, lágrimas, violencia... Anhelar un alma que no sientes. Exhalar aire que no tienes. Mirar dentro de ti. Dejarte llevar. Se te olvidan las penas y las alegrías. Conectas y desconectas de tu mundo. Creíste que lo conocías todo. Nuevas sensaciones, nuevos aromas, nuevos movimientos. Y es que en esa pista de baile pasa toda tu vida ante tus ojos. Todo tu futuro, tu presente y pasado lo fundes y anexionas en una puta historia. Tu historia. Cada movimiento, cada segundo es un periodo. Y llegamos al estribillo. Todas las emociones explotan. No queda ninguna muerta, todo renace en ti. Cada movimiento se hace más vivo, se hace más fuerte y seguro. Esta explosión de júbilo se repite una y otra vez. Entramos en un ritmo lento. Abres los ojos, que los habías cerrado por la fuerza y miedo que sentiste antes. Lo ves todo. Respuestas. Pero no paras de bailar hasta que suena la última interminable frase, en la que lo das todo. No sobra ni falta nada.
Y acaba la canción.
En ese momento, sientes un vacío. Sabes que no puedes vivir sin música.
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