Para aprender a volar primero hay que caerse

sábado, 30 de marzo de 2013

Un kamikaze despertó para dejar huella.

De repente todo lo que pasó tiene su repercusión. Cada canción es un castigo, un recuerdo de mi error. Entre notas, entre versos, entre silencios mi suelo tiembla. Mi corazón se estremece al acordarse. Recordar cosas que pasaron hace mucho y hace poco. Cosas que me cambiaron la vida más y otras menos. Cosas que en realidad son personas y momentos, de los que puede que me arrepienta. O puede que no. Mi cabeza vive aires de discusión entre lo que fue bueno y lo que no lo fue. A la espera de una nueva canción, de una nueva etapa que cambie este estremecimiento. Un minuto se convierte en un transcurso de todos los besos sin nombre que di. De toda la rabia que pagué con los que menos lo merecían. De repente dejé de ser una princesa y vi que detrás de esa corona mi cabeza estuvo vacía, sin complementos. No me importa lo que pase, mi corazón sufrió y ahora es inmortal. Mi vida entera tomó decisiones sin saberlo. Dejé de pensar en los demás, en lo que pasaría después. Me convertí en un kamikaze en busca de nuevos retos. Un kamikaze que busca llenar las lineas de su historia sin las ñoñerías típicas de los 16 años.
¿Desde cuando mi vida se convirtió en un juego? ¿desde cuándo las cosas me dejaron de importar? ¿desde cuándo esta persona dejó de ser yo?



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