Para aprender a volar primero hay que caerse

domingo, 4 de diciembre de 2016

1330

No lo suelo decir, pero me gusta el sonido de tu respiración cuando me abrazas. La forma en que me miras como si fuera un milagro. Me siento débil por quererte tanto e inútil cuando hay más de tres metros entre los dos estando en una misma habitación. Porque no tiene que ver con dependencia, sino con el deseo de compartir vivencias, todas las posibles, de invertir tiempo y esfuerzo por un "nosotros". No creo en una vida en la que no estés, aunque aún no me crea que estés aquí. No es fácil hablar de sentimientos reales, de abrir el corazón y por eso tal vez, y solo tal vez, me cueste tanto hablar de ti. Cuando le das tu corazón a alguien le das la oportunidad de destruirte, y es que ni yo misma sabría cuidar mejor mi corazón que tú. Y el tuyo lo tengo acorazado en lo más profundo de mí. Es maravilloso ver cómo pasan los meses y no se acaban los temas de conversación, ni se agotan las ganas, ni se marchitan las rutinas. Porque esto es de verdad, cariño. Y es de verdad porque no he conocido sensación más real que la de estar contigo. No lo suelo decir pero me encanta que me persigas cuando me pico, y también cuando me pongo histérica por cualquier cosa y me calmas. Eres mi macho alfa, mi protector (excepto en pelis de miedo). A veces te odio, pero un "te odio-te quiero" que no entiende de malas miradas. No lo suelo decir pero eres mi calma en días de tormenta, la claridad de mi oscuridad, el yang de mi yin o yin de mi yang. No suelo decirlo pero eres lo más valioso que tengo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Aviso, los comentarios ofensivos serán eliminados.